las marcas y la fe

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Las marcas y la fe

16 Abril 2017

En la época de Pascuas en Jerusalén, durante el siglo I, por tradición se realizaban sacrificios de animales como ofrenda, Jerusalén se configuraba en una ciudad alta y en una ciudad baja, los nobles o el credo vivían en la parte alta y controlaban el comercio de los animales alrededor y en el interior del templo que se encontraba en la parte alta de la ciudad. En la época de Pascuas los animales a sacrificar tenían un valor por encima de su precio normal, las personas con mayores recursos económicos sacrificaban animales más grandes y las personas con menos recursos ofrecían en sacrificio animales más pequeños, como por ejemplo las palomas, que se sabe tenían un precio hasta cien veces más alto en la ciudad de Jerusalén que en otros lugares. Los comerciantes de animales para ofrenda en Jerusalén, conocedores de la tradición se ubicaban en lugares donde los fieles frecuentaban para obtener mayor rentabilidad, en el caso del Templo de Jerusalén, en época de Pascuas durante el siglo I, era un lugar frecuentado por personas de todo el mundo y la explosión del comercio lo llevó a invadir espacios dentro del Templo destinados a otras finalidades. El comercio hacía visible y sensible su crecimiento, con su peculiaridad de invadir todo tipo de espacio de una forma muy visible y sobre-expuesta, pues el comercio posee muy pocas fronteras físicas e invade también espacios ideológicos alterando la imaginación, modificando las costumbres al brindar facilidades como sucedió en aquellos tiempos en Jerusalén. Los extranjeros que viajaban a Jerusalén podían viajar más ligeros y seguros porque no necesitaban traer consigo sus ofrendas durante su viaje, tan solo las podían comprar en los límites del Templo. En aquellos días solían entrar en escena los ladrones ubicados en los caminos hacia Jerusalén por lo que el comercio permitía a las personas aligerar la rutina, revelándose de esta forma, el poder que ejercía sobre la actitud individual y grupal de la humanidad.

Entender las tradiciones, saber que existen pocos límites para el comercio y conocer la capacidad de alterar las costumbres mediante éste, maduró más allá de lo externo de los productos y permitió la revolución de las marcas en el mundo, para que éstas asuman un rol al acompañar a las personas en la búsqueda de su destino y en ese camino asumir una propia identidad cambiante y/o moldeable. Luego de entender las tradiciones y costumbres, el comercio fue creando nuevas tradiciones y costumbres para favorecer su propia expansión como método de auto-supervivencia; en ese proceso, cada producto adquiere parte de la tradición o costumbre, y así, con el tiempo desarrolla un personaje con menor o mayor protagonismo, dentro de éstas. Lo que condujo a su necesidad de diferenciación, los productos tienden a diferenciarse entre ellos mismos: productos de ciertos comerciantes son solicitados más que otros; los productos se convierten en un tema de conversación, y buscan ser los protagonistas de sus propias historias. De esta forma se fue revelando una identidad entre el producto y la persona, un simbolismo conocido como marca que se alimenta de toda historia que se dice y construye sobre ella, y de las sensaciones que despierta en las personas que experimentan su entorno. Es por ello que las marcas cada vez se parecen más a los humanos, porque existen gracias a la imaginación humana, y su arte de “ser” depende de su entorno. La supervivencia de una marca está estrechamente ligada a su capacidad de adaptarse a las tradiciones y costumbres o a su capacidad de construir o moldear otras nuevas, como sucede con las marcas que en la actualidad conviven con una tradición tan antigua como la Pascua y que quizá de la cual dependa su existencia. Es decir, la supervivencia de las marcas dependerá de su capacidad de creer en algo.

Dobano, marcas que viven

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